SEPAN
NO es fácil caminar por las calles de Addis Abeba. Evito la mirada de un muchacho sin piernas para chocar con una vieja mendiga que se rasca, ampulosa, las axilas; me deshago de un hombre que quiere venderme vaya a saber qué para caer frente a una madre que me muestra un bebé flaco y lloriquea. Casi tropiezo con tres adolescentes mugrientos muy descalzos que se pegan con multitud de gritos; en el suelo, un bebé de dos o tres años juega con la teta de su madre dormida, esponjita arruinada. En estas calles no hay forma de sustraerse a la pobreza extrema. El mundo, me parece, se puede dividir en países donde los ricos pueden vivir sin ver un pobre y países donde no, los más brutales. Aquí todos me piden algo y yo camino –y me detesto– en mi postura occidental conchuda: la mirada al frente, alta, inalcanzable, perdida en un infinito imaginario, del perfecto blanco hijo de puta.
Así es la vida que tienen, la que tienen, la única que tienen. Yo me paso la vida tratando de hacerla interesante, de que valga la pena, de que no se me escurra agüita tonta entre los dedos, y ellos –ellos son tantos, dos tercios, tres cuartos de las personas que viven en el mundo– se la pasan tratando de comer: de alimentarse hoy y despertarse al día siguiente. Ésa es la verdadera división en clases, la más terrible división en clases: los que nos preocupamos por qué vamos a hacer mañana, los que se preocupan por cómo van a comer mañana. Y eso es lo cruel del África: que te lo muestra demasiado. África es obscena, en el sentido más estricto. O pornográfica, si aceptamos que algunos se calientan con estas cuestiones. Si no hubiera triunfado la estúpida corrección política, americanos y europeos y otros varios podrían organizarse tours a Etiopía, a Liberia, a Zambia, a Mozambique, para gozar con esa diferencia, con la constatación palpable y bruta de esa diferencia: corona de sus éxitos. Aunque ya lo hacen, a menudo, vergonzantes, cuando ponen cien dólares o unos euros para los chicos africanos, el hambre en el planeta, el sida en blanco y negro.
Lo cruel, tremendamente cruel, del África es que te dice fuerte lo que sabés bajito: QUE EL MUNDO ES UNA MIERDA. Y ACEPTARLO NO CUESTA CASI NADA.
(no son mis palabras): http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=4635
casi nadie tiene esos banios, porque el mundo es mierda sucia, aunque desde mi casa nose ve
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